"Vivimos esta fiesta siguiendo la enseñanza del papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social"

Locales 08 de diciembre de 2020 Por Bajo la Lupa
El obispo José Melitón Chávez celebró esta mañana la misa central en honor a la Inmaculada Concepción donde asistieron algunos sacerdotes de la Diócesis de la Santísima Concepción.

"La Palabra de Dios nos describe con admirable belleza la historia de la humanidad desde el desolador escenario del paraíso perdido por la desobediencia del pecado que puso una triste distancia del hombre con Dios y la consecuente ruptura de la convivencia fraterna, hasta el anuncio de la Buena Noticia a María: Alégrate llena de gracia, porque has hallado gracia delante de Dios, vas a ser Madre Virgen, la Madre del Salvador, el Santo de Dios" indicó el prelado en parte de la homilía.

En el único acto litúrgico de este martes 8 de diciembre el Obispo Chávez destacó; "eso que está dicho como de paso, que apenas ocupa unos renglones, es la Noticia, la más Bella, la más potente, la transformadora noticia de que en María amanece nuestra salvación".

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Homilía completa de Monseñor José Melitón Chavez

"Notemos que el ángel no saluda a María por su nombre sino con un nombre nuevo: Llena de Gracia, concebida sin pecado original. Preservada por Dios de aquel pecado original para preparar para su Hijo una digna morada. Y todo bajo la acción del Espíritu Santo.

Esto es lo  que celebramos hoy: este nombre que encierra todo el misterio de María y que a la vez contiene también nuestra propia vocación y elección. Por eso esta fiesta es la Fiesta Mayor de María, porque celebrándola nos celebramos a nosotros mismos, celebramos nuestro nombre de Hijos, de redimidos por el Señor.

María con su respuesta “Yo soy la  servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”, estaba dando lugar a Dios en la historia de la humanidad toda, para cambiar para siempre su destino por medio de su Hijo. Esa es también nuestra vocación, en eso consiste nuestra elección, nos dice Pablo, nos destinó a ser Hijos en una historia que huye y se esconde de Dios, para restaurar la  creación entera manchada por manos fratricidas. Es decir, desandar esos caminos de muerte que habían iniciado nuestros primeros padres en el principio de la historia.

Y Dios, cuando nos redime no lo hace con cada uno individualmente, sino formando un pueblo, una comunidad de hermanos. Redime, renueva, restaura, nuestras personas y nuestros vínculos. ¿Cómo están nuestras personas? ¿Cómo están nuestros vínculos, todos? ¿Necesitamos hoy ser restaurados?

Hoy se nos regalan estos dos misterios en María: Su Inmaculada Concepción (concebida sin pecado), y su Maternidad virginal, será Madre por  obra del Espíritu Santo. ¿Cómo podrá ser esto? Pregunta María desde su simpleza y sencillez. 

En esto consiste la inigualable belleza de María, su poder de atracción, esa huella de consuelo  que deja a su paso, porque mirándola vemos lo que está escondido  en nuestro propio corazón, ese nombre de Hijos que jamás se borrará, ese respeto  que ella tiene por nosotros, su cariño incondicional. Ella, sólo ella, porque está llena de Dios.

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Esto es lo que produce ese movimiento de multitudes hacia ella, eso que apenas pude mirar estos días: los rostros con lágrimas a su paso, la alegría de familias enteras aguardándola y saludándola en su caravana. Eso confirma que somos de Dios, ante todo y por encima de todo,  que somos sus hijos, que somos hermanos todos.

Ser hermano significa literalmente que procedemos de un mismo vientre. Una misma procedencia, una misma dignidad, unos iguales derechos de todos. Distintos, diferentes pero con la misma dignidad de Hijos y hermanos.

Dios nos ama en esta historia tan golpeada y confusa, en la que se pone en juego nuestra libertad de ciudadanos, donde parece que el atropello de los derechos de las personas no tiene fin, Dios no nos pierde de vista, nos sigue llamando Hijos, y quiere que nos atrevamos a llamarnos de verdad hermanos todos.

Esta fiesta nos invita a dar nosotros también nuestro Si al Dios que nos ama.Dios quiere nuestro sí, como el de María para ser servidores de la alegría de Dios.

¿Será posible esto? ¡Sí! ¡es posible! “Porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1,37)

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